La Biblioteca Popular Posadas desafía el mito de que los jóvenes ya no leen


En la calle Córdoba, entre San Lorenzo y Ayacucho, el silencio no es ausencia de vida, sino concentración. La Biblioteca Popular Posadas atraviesa un tiempo de contrastes: mientras los anaqueles se renuevan con las últimas sagas traídas de la Feria Internacional del Libro, los libros contables reflejan la fragilidad de una institución que hoy sobrevive con apenas el 10% de sus socios activos. María José Bilbao, responsable de las actividades de extensión, le pone voz a una realidad que mezcla el optimismo por los nuevos lectores con la crudeza de la economía regional.

No es que la tecnología haya vaciado las salas; es que la biblioteca supo integrarla. Hace años que el Wi-Fi convive con el papel, transformando el espacio en un punto de referencia matutino donde el mate y las computadoras son parte del paisaje habitual de quienes buscan un lugar gratuito para trabajar o estudiar entre las 8 y las 12, o de 16 a 20.30. Sin embargo, la mayor sorpresa aparece cuando el horario escolar libera a una juventud que, contra el prejuicio instalado, busca refugio en el formato físico.

Contrario al prejuicio instalado que señala un abandono de la lectura en las nuevas generaciones, en diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones, Bilbao destaca un caudal creciente de socios jóvenes. La demanda fue tal que la institución debió adaptarse, creando espacios más amigables con pufs y comodidades para los más chicos. Son ellos  quienes hoy traccionan la actualización del catálogo: reclaman sagas vigentes y novedades editoriales que la biblioteca adquiere en eventos como la Feria del Libro de Buenos Aires.

Para satisfacer ese apetito, la inversión es constante pero costosa. En un mercado donde un solo libro en librería promedia los 60.000 pesos, la cuota anual de la biblioteca -50.000 pesos para adultos y 25.000 para estudiantes- se presenta como una alternativa de resistencia cultural. “Por el precio de un ejemplar, tenés acceso a todo el catálogo durante un año”, señala Bilbao, remarcando que el pago (que puede hacerse en efectivo con promoción o vía electrónica con recargo bancario) es el único requisito para retirar libros a domicilio.

La paradoja del socio y el peso de la fuente

Al margen de la vitalidad que se respira en las salas, la sostenibilidad financiera es el gran déficit. De una base de 4.000 inscriptos, solo unos 400 a 500 mantienen el pago de la cuota social, que hoy se sitúa en 50.000 pesos anuales para adultos y 25.000 para estudiantes. En tiempos donde la economía familiar obliga a podar gastos, la cultura suele ser el primer rubro en caer. “La lucha diaria es lograr que la gente entienda que la lectura es una inversión a futuro”, sostiene Bilbao.

Esa inversión no es solo recreativa, sino también académica. En plena era de la Inteligencia Artificial y la inmediatez de Wikipedia, Bilbao defiende el rigor del objeto impreso. Para la bibliotecaria, el libro sigue siendo la fuente más confiable: mientras internet se percibe como una vorágine de información sin filtros donde cualquiera puede publicar, el libro exige un proceso científico y de verificación que le otorga un peso académico que lo digital, por ahora, no puede replicar.

Más allá del préstamo a domicilio -único servicio que requiere estar al día con la cuota-, la biblioteca mantiene su rol social con acceso gratuito a sus salas y actividades de extensión, que incluyen ciclos de cine y rincones de lectura. Ubicada estratégicamente en el centro posadeño, la institución apuesta a la Feria del Libro municipal de junio como su gran vidriera para captar a esos vecinos que todavía se sorprenden al descubrir que, en pleno 2026, el papel sigue dando pelea.

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