Este 3 de junio se cumplen 11 años de la histórica movilización de Ni Una Menos, el movimiento que marcó un punto de inflexión en la lucha contra la violencia de género en Argentina. Lo que comenzó como una reacción colectiva frente a una serie de femicidios se transformó con el tiempo en una fecha de reflexión, memoria y reclamo permanente por una sociedad más justa e igualitaria.
Sin embargo, más de una década después de aquella multitudinaria manifestación que reunió a cientos de miles de personas en todo el país, los femicidios y las distintas formas de violencia contra las mujeres continúan siendo una realidad preocupante. Los recientes casos de Agostina Vega, Dulce Candia volvieron a poner en primer plano una problemática que persiste pese a los avances normativos, institucionales y culturales.
Para analizar el escenario actual, la licenciada en Trabajo Social Stefanía Rotela, integrante del equipo técnico de la Subsecretaría de Relaciones con la Comunidad y Violencia de Misiones, destacó que el movimiento logró instalar una agenda que antes permanecía invisibilizada.
“Ni Una Menos se convirtió en un día de concientización y de compromiso por una sociedad más justa y más igualitaria. Hubo muchas conquistas en términos de derechos y también en el involucramiento de la ciudadanía en general, aunque sabemos que todavía falta mucho por construir y mucho por avanzar”, afirmó.
Los cambios que se lograron y las deudas pendientes
Rotela sostuvo que uno de los principales logros de estos once años fue que las situaciones de violencia comenzaron a ser reconocidas socialmente y dejaron de ser consideradas asuntos privados.
“Hoy las mujeres conocen más sus derechos, identifican situaciones que antes estaban naturalizadas y saben que pueden acudir a distintos espacios para pedir ayuda. Eso representa un avance muy importante”, señaló la profesional en una entrevista con FM 89.3 Santa María de las Misiones.
No obstante, advirtió que la persistencia de los casos demuestra que el problema tiene raíces mucho más profundas.
“Cuando hablamos de violencia de género o de femicidios estamos hablando de prácticas culturales que fueron construidas durante generaciones y que muchas veces seguimos reproduciendo de forma natural dentro de nuestras familias, escuelas e instituciones”, explicó.
Según la especialista, la violencia extrema que termina en femicidios es apenas la expresión más visible de una serie de conductas que comienzan mucho antes.
“La violencia no empieza con el golpe. Empieza con la humillación, con el control, con el menosprecio, con el insulto. Muchas veces esas conductas están tan naturalizadas que ni siquiera se reconocen como violencia”, advirtió.
“No es un problema privado”
Uno de los conceptos sobre los que más insistió Rotela durante la entrevista fue la necesidad de romper con la idea de que la violencia de género pertenece exclusivamente al ámbito doméstico.
“No es una cuestión privada ni solamente una responsabilidad del Estado. Es una cuestión pública que involucra a toda la sociedad”, sostuvo.
En esa línea, remarcó que cada ciudadano tiene un rol que cumplir en la prevención.
“Todos tenemos una corresponsabilidad. Si escuchamos una situación de violencia, si sabemos que una mujer está atravesando un contexto de agresiones, debemos involucrarnos y denunciar. Muchas veces una intervención a tiempo puede evitar situaciones mucho más graves”, expresó.
Para la trabajadora social, la construcción de una sociedad libre de violencia requiere una participación activa de toda la comunidad.
“El Estado somos todos. Más allá de las responsabilidades institucionales, todos tenemos que comprometernos para prevenir, acompañar y visibilizar estas situaciones”, afirmó.
¿Por qué las cifras siguen siendo alarmantes?
La persistencia de los femicidios y el aumento de las denuncias generan una pregunta recurrente: ¿por qué, después de once años de Ni Una Menos, la violencia sigue presente?
Rotela considera que parte de la respuesta está vinculada con una mayor visibilización de la problemática.
“Hoy muchas mujeres identifican situaciones que antes no reconocían como violencia. Entienden que la violencia no es solamente física, sino también psicológica, económica, simbólica o verbal. Eso hace que más personas se animen a denunciar y a buscar ayuda”, explicó.
Sin embargo, aclaró que la transformación cultural es un proceso lento.
“Estamos hablando de prácticas que fueron aprendidas durante décadas. Modificarlas requiere tiempo, trabajo sostenido y compromiso de toda la sociedad”, señaló.
El desafío de desaprender
Para la especialista, uno de los conceptos más importantes en la prevención de la violencia es el de “desaprender”.
“Nuestra sociedad está atravesada por distintas formas de violencia. Uno prende la televisión y encuentra violencia. Va a una cancha y encuentra violencia. Muchas veces reaccionamos de manera violenta porque aprendimos a vincularnos así. El gran desafío es desaprender esas conductas”, afirmó.
Ese proceso, agregó, debe comenzar desde edades tempranas.
“Necesitamos trabajar con niños, niñas y adolescentes. Enseñar desde el buen trato, desde el respeto y desde formas saludables de relacionarse con los demás. Ahí está una de las claves para prevenir futuras situaciones de violencia”, indicó.
El rol de la educación
La educación apareció durante toda la entrevista como una de las herramientas más poderosas para generar cambios duraderos.
“La educación es fundamental y tiene que atravesar todos los aspectos de nuestra vida. No solamente la educación formal en las escuelas, sino también lo que aprendemos en nuestras familias y en los espacios comunitarios”, sostuvo.
Rotela explicó que muchas conductas violentas suelen presentarse bajo formas aparentemente inofensivas.
“Hay prácticas que se disfrazan de amor romántico. Frases como ‘me cela porque me ama’ o situaciones donde una persona controla cómo se viste su pareja, con quién sale o quiénes son sus amistades. Son conductas muy naturalizadas que debemos aprender a identificar”, señaló.
Según indicó, reconocer esas señales tempranas puede resultar clave para evitar que las situaciones escalen.
El trabajo que se realiza en Misiones
Desde la Subsecretaría de Relaciones con la Comunidad y Violencia se llevan adelante distintas acciones de prevención y asistencia en toda la provincia.
“Trabajamos permanentemente con talleres, charlas, foros y conversatorios en escuelas, organizaciones comunitarias e instituciones. Hoy mismo se están realizando actividades en Jardín América, Candelaria y Posadas para abordar específicamente la temática de la violencia”, detalló.
Además, recordó que la provincia cuenta con dispositivos de asistencia para personas que atraviesan situaciones de violencia.
Entre ellos mencionó la Línea 137, el acompañamiento psicológico, el asesoramiento legal gratuito, la articulación con la Policía y el trabajo coordinado con el Poder Judicial.
“La asistencia y el acompañamiento son fundamentales. Muchas personas llegan por demanda espontánea y otras son derivadas por organismos judiciales. Lo importante es que sepan que existen espacios donde pueden recibir ayuda”, explicó.
La Justicia bajo la lupa
Otro de los temas abordados fue el cuestionamiento frecuente al funcionamiento del sistema judicial en los casos de violencia de género.
Aunque reconoció que existen reclamos y desafíos pendientes, Rotela destacó los avances en materia de articulación institucional.
“Venimos trabajando con el Poder Judicial en distintas actividades y acciones concretas vinculadas a la perspectiva de género. Sabemos que falta mucho por hacer y profundizar, pero también hay un trabajo que se viene desarrollando de manera conjunta”, indicó.
La profesional consideró que los cambios requieren continuidad y capacitación permanente.
“Tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Judicial tienen desafíos por delante. Son procesos que llevan tiempo, pero que deben seguir fortaleciéndose para brindar mejores respuestas a las víctimas”, afirmó.
Una construcción que sigue abierta
Al momento de realizar un balance de estos once años, Rotela evitó hablar de una meta alcanzada y prefirió enfocarse en el camino que aún queda por recorrer.
“Más que un balance, creo que tenemos que pensar en una construcción colectiva hacia el futuro. Esta es una problemática compleja y nadie puede resolverla solo. Necesitamos el compromiso de las instituciones, las organizaciones y de toda la ciudadanía”, expresó.
Y concluyó con una reflexión que resume el espíritu que impulsó la primera marcha de Ni Una Menos y que, once años después, continúa vigente:
“La construcción de una sociedad más igualitaria, con más derechos, más justicia y menos violencia es una tarea de todos. Ese sigue siendo el gran desafío”.
“Pantallazo”
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